El cristianismo no nació como una religión unificada con doctrina y canon establecidos. En sus primeros dos siglos de existencia fue un conjunto diverso y a menudo fragmentado de comunidades, escuelas teológicas y movimientos que compartían la figura de Jesús de Nazaret como punto de referencia central.
El período oral (30–70 d.C.)
Tras la crucifixión de Jesús, sus seguidores transmitieron sus enseñanzas principalmente de forma oral. Las comunidades de Siria, Palestina, Egipto y Asia Menor desarrollaron tradiciones propias sobre los dichos y hechos de Jesús, adaptándolos a sus contextos culturales y preguntas teológicas específicas.
La destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 d.C. fue un punto de inflexión que fragmentó aún más el judaísmo y sus múltiples movimientos derivados, incluido el naciente cristianismo. Los grupos que seguían a Jesús debían reinterpretar su mensaje sin el ancla del Templo.
La diversidad del siglo II
El siglo II fue un período de extraordinaria creatividad teológica. Corrientes como el gnosticismo, el marcionismo, el montanismo y el judaeo-cristianismo competían por definir qué significaba ser seguidor de Jesús. Cada grupo producía, copiaba y circulaba textos que apoyaban su visión.
Justin Mártir, Ireneo de Lyon y otros «Padres de la Iglesia» que desarrollaron lo que llamamos «proto-ortodoxia» debían argumentar contra estas corrientes, lo que paradójicamente documenta la riqueza de la diversidad que intentaban suprimir.
¿Qué es el gnosticismo?
El gnosticismo es un conjunto heterogéneo de movimientos religiosos del siglo I y II que comparten la idea de que la salvación proviene de un conocimiento secreto (gnosis) sobre el origen divino del alma humana.
Los gnósticos creían que el mundo material fue creado por un demiurgo inferior e ignorante, no por el Dios supremo. El alma, chispa divina atrapada en la materia, puede liberarse a través del conocimiento de su verdadero origen.
Fuente Q
Existe una fuente hipotética llamada «Q» (del alemán Quelle, fuente) que habría contenido dichos de Jesús usados por Mateo y Lucas. Algunos investigadores ven en el Evangelio de Tomás un paralelo o variante de esta fuente perdida.